Eduardo Arolas por Carlos Hugo Burgstaller

24 Feb
Escarbar en la vida de Eduardo Arolas nos permite descubrir siempre un poco más sobre este personaje tan particular de Buenos Aires y del tango.Como en una oportunidad anterior, hablando de Francisco Canaro, dijimos que las biografías de algunos personajes está hecha de datos ciertos y de mitos y leyendas y sostuvimos también que es bueno que así suceda.
Pues bien, la vida de Arolas no está exenta de esta formula.Y hoy vamos a ponernos un poco chismosos y vamos a contar algunas intimidades de este personaje, tal vez, no muy conocidas, que encontré en las páginas del libro “Mal de Tango, historia y genealogía moral de la música ciudadana” de Gustavo Varela, editado por Paidos.
Arolas solía girar por los prostíbulos del interior de la provincia de Buenos Aires. En uno de ellos, en la ciudad de Bragado, al oeste de la Provincia de Buenos Aires, conoce a una muchacha llamada Delia. Arolas solía llamarla Chiquita o Nariz (con ese título de Nariz le dedicó un tango). Y Arolas, que no dejaba de amar nunca, que abonandonó sus presentaciones en las embajadas porque no le permitían seducir a las mujeres bien, que se llevó de amante a la amante del embajador de Francia en un barco, se enamora de Delia y la saca del prostíbulo donde trabajaba y se la lleva a Buenos Aires. Viven juntos Delia, Eduardo y el hermano mayor de Arolas, José, aquel que lo había iniciado en la música. Pero sucedió que una madrugada, cuando el Tigre del Bandoneón llega a su casa, después de una actuación, descubre lo que usted ya se imagina: Delia se había fugado con su hermano José.
Esa noche Arolas se emborracha, y esa borrachera le duró el resto de su vida. No podía ser de otra manera.Con esa pena a cuesta Arolas deambula por Buenos Aires, por Uruguay, por Francia. Compone más y más, surgen títulos como De vuelta y media, La cachila, Batará, siempre entre los vapores del alcohol.Entre tantas cosas que hizo Arolas algunas quedaron como una extraña prueba de sus sentimentos.
Una tarde, vagando por Buenos Aires se cruza con Juan Carlos Cobián y lo llevó a su casa. Lo hace pasar a su habitación y en punta de pie se acercan a una cama. Arolas le muestra a Cobián un niño, muy pequeño, que dormía profundamente. Cobián le pregunta en voz baja: ¿Y esto? Arolas le contesta: Lo encontré abandonado en la calle y me lo traje a casa. Y agregó: Pero no lo voy a poder cuidar y se lo voy a dejar a mi madre.
Esos mismos dolores del abandono, mezclados con cierta forma de piedad, lo cruzan en una nueva esquina de la desgracia. Es en Montevideo, cuando manejando su auto atropella y mata a una niña.
Denuncia, juicio, trámites policiales, Arolas desesperado contrata al abogado más popular de Montevideo, y aquí hay que aclarar que era popular no por bueno sino porque era negro. Todo indica que va a ir a parar a la cárcel pero lo salva el Ñato Matos, un cronista de policiales del diario La Mañana que lo saca de Montevideo antes que lo metan preso. Le consigue un pasaporte y se escapa a París.  El resto de la historia ya es demasiado conocida, la tuberculosis que lo mata y la leyenda que inventó Cadícamo, aquella en la que Arolas seduce a la mujer del rufián que era dueño del cabaret donde trabajaba en París. Se lleva la mujer, él sabe que eso está mal, pero no puede hacer otra cosa, es fiel a su forma de ser. Lo matan a golpes en una calle de Montmartre y lo dejan tirado.
Falleció el 29 de septiembre de 1924, treinta años después sus restos llegan a Buenos Aires, está enterrado en el Cementerio de la Chacarita.Hoy Arolas tiene una calle (una callecita, apenas tiene 80 metros) con su nombre en Barracas. Nace en Paracas y termina en Ramón Carrillo, frente al Hospital Borda; es una de las calles más cortas de la Ciudad de Buenos Aires. Anteriormente se llamaba Aristóbulo del Valle (antiguamente calle de la Industria), y cambia por el actual en el año 1971, por Ordenanza Municipal Nº 26004.
Carlos Hugo Burgstaller

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